Redacción con un estilo desenfadado y humorístico de una reseña de los servicios ofrecidos por unos baños árabes.
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Poniendo ya casi punto y final a la feria es hora de asumir que pronto tendrás que dejar de lado (aunque te cueste) la botella de Cartojal y el vestido de flamenca y aprovechar (si eres de los que tiene suerte) estos últimos días antes de volver de nuevo a la “maravillosa” vida real en la que la gente trabaja, estudia y no tienes un hueco libre en tres semanas vista.

Para toda esta desintoxicación te voy a proponer un plan: visitar un oasis andalusí en el centro de Málaga. Y además no es necesario utilizar una máquina del tiempo, con el lío que esto conlleva. Estoy hablando de El Hammam Al Ándalus Málaga, los baños árabes que se encuentran en la Plaza de los Mártires. Si eres de Málaga y sueles moverte a pie por el centro de la ciudad, probablemente lo reconozcas por su llamativa fachada y sus puertas de madera labrada de dos metros. A tan solo dos minutos del Museo Thyssen, el hammam recupera los baños que cinco siglos atrás fueron uno de los centros principales de la vida social de las ciudades musulmanas.

El recibimiento
Lo que más me gustó del paso por los baños árabes es que durante la hora y media de duración te tratan como un rey. Las sesiones de baño están programadas a varias horas del día. Yo, aconsejado previamente, entré a las cuatro de la tarde, uno de los pases más tranquilos del día. Seríamos unas diez personas a la entrada esperando a que nos dieran luz verde para poder pasar a los vestuarios, ponernos el bañador y que dar el pistoletazo de salida a este viaje.

No tenía ni idea de cómo sería eso por dentro. El recibidor es un espacio pequeñito pero acojedor. Eso hizo que mis espectativas bajaran y que probablemente lo que me encontrara dentro sería algo pequeño y, en definitiva, nada del otro mundo… Pero, Carlos, te equivocabas.

Una vez entras a los vestuarios (separados señoras y caballeros) ya te das cuenta que cuidan el máximo detalle. Botes de crema, aceites corporales, desodorantes, colonias, bastoncillo para los oídos… En definitiva, un despliege de ciudados personales que seguramente la mayoría de hombres allí presentes usaron únicamente en esa ocasión y porque era gratis. Y eso que la mayoría eran turistas extranjeros. Porque la palabra “gratis” nos gusta aquí, en Francia y en la Cochinchina. A todo esto añadirle secadores y planchas para el pelo, que no me quiero imaginar lo que habría en el vestuario de señoras. Tendrían allí al mismísimo modelo de Invictus.

La entrada a los baños
Una vez con el bañador puesto y atravesado algunas escaleras y puertas al más puro estilo pasadizo Hogwards, consiguiendo el toque intimista, llego a los baños, donde te reciben ofreciéndote una toalla y explicándote el funcionamiento. Hay tres espacios de baño: la sala de agua fría, la de agua templada y la caliente. Arriba, unos sillones para tomar todo el té que quieras hasta que flotes en el agua. Pero antes de nada, debes darte una ducha. Y después elegir entre los cuatro aceites aromáticos para tu masaje, que te darán antes de comenzar los baños.

Después de estas instrucciones tengo tiempo de echar un vistazo a la zona central de los baños: la piscina de agua templada, sobre la que se alza la primera planta con balconada y terminado en una cúpula que, gracias a sus ventanas, ilumina toda esa estancia con luz natural. Luego seguiré cotilleando, pero ahora…

El momento masaje
Una vez dada la primera ducha, una chica me dice que me espere en la zona de té hasta que me llamen para el comienzo del masaje.

A los pocos minutos, esperando con el tercer vaso de té (me cundió bastante), me llaman y me conducen a la sala de masajes, donde no me da tiempo a contar pero, a ojo, echo como unas doce camillas y sus respectivos masajistas. El centro de la estancia está coronado por una cúpula con estrellas. Alrededor de ella se crean pequeñas parcelas con las camillas de masaje separadas por muros. A pesar de haber tanta gente en la misma habitación, consiguen una sensación de calidez impresionante.

Masaje con aroma a rosa. Nada puede salir mal.

Descubriendo los baños
Una vez salgo de la sala de masaje, con precaución de que en mi estado de relajación no acabe comiéndome algún escalón (porque además soy un poco torpe), empieza mi exploración. Bueno, antes otro té, que están muy buenos.

De nuevo en la planta baja, ojeo las tres estancias: la primera, dos pequeñas piscinas de agua fría. La central, la más grande y bajo los rayos del sol, templada. Al fondo, y se lleva el favoritismo del que se baña en verano con el agua hirviendo, la de agua caliente en un ambiente íntimo con una luz muy tenue. Incluye una sala de piedras calientes en las que tumbarte (¡gloria!) y una sauna en la que, por muy buena que sea para los poros, no aguanto más de treinta segundos por mucho reto personal que me proponga.

Y a partir de ahí, solo queda dejarte llevar y abrirte en canal a lo que vas a vivir. Un viaje para ti y tus cinco sentidos.

AVISO IMPORTANTE: puede que tus sentidos se vean alterados y vivas el resto del día en una burbuja. Precaución al volver a la realidad, no vayas a hostiarte.